El 17 de junio de 2026, en un café de Puebla, mi hija de 15 años señaló a un hombre que fumaba del otro lado de la ventana. Le pedimos permiso para fotografiarlo. Cinco minutos y cuatro preguntas después, sabíamos su nombre, de dónde venía y lo que más extrañaba. Andrés dejó de ser un extraño. De ese instante nació un método.
El fotógrafo se acerca a un desconocido, le pide cinco minutos y le hace cuatro preguntas mientras lo retrata. El desconocido responde:
Al terminar, el fotógrafo le regala su retrato impreso —con su nombre y sus respuestas— y, para cerrar el intercambio, comparte una foto suya con sus propias respuestas. Ambos se exponen por igual.
No documentamos la conexión. La provocamos. Las preguntas son las que hacen los niños antes de aprender a tener miedo.
El retrato lleva los datos de la persona en el mismo lenguaje con que una cámara registra los de una fotografía. Solo que aquí la información no habla de la imagen, sino del ser humano.
El proyecto crece como una cadena. Arranca en Puebla, su ciudad de origen. Luego viaja a otras ciudades, donde un fotógrafo local aprende el método y queda como embajador en su ciudad. La meta: siete fotógrafos en siete ciudades. Y cada ex-extraño queda invitado a continuar el ejercicio.